Mis confesiones
Mis confesiones Habló asà Mikhailo, y algunos niños a nuestro lado escuchaban sus palabras. Su atención movÃa a risa. ¿EntendÃan aquellos retoños de la vida las disertaciones de su maestro? Me acordé del mÃo, que se embriagaba con frecuencia y nos asestaba golpes con la regla en la cabeza.
—La vida está llena de horror —prosiguió Mikhailo—. Los odios mutuos relajan la fuerza del espÃritu humano. ¡La vida es informe! Pero que se dé a los niños tiempo para que se desenvuelvan libremente, que no se les convierta en bestias de carga, y veremos cómo iluminan toda la vida interior y exterior con la llama maravillosa de su espÃritu joven, osado y libre.
Por dondequiera en derredor nuestro se columbraban cabezas rubias, ojos azules, caritas sonrosadas, como flores vivientes que salpicaran el verde negruzco de los abetos. Llegaban hasta nosotros la risa fresca y las sonoras voces de aquellas avecillas mensajeras de una nueva vida.
¡Y toda aquella belleza viva serÃa pisoteada por la rapacidad! ¿Qué querÃa decir eso? Un niño nace, crece alegremente y más tarde se convierte en un hombre que blasfema, gime, pega a su mujer y ahoga sus penas en el alcohol.
Como respondiendo a mis pensamientos, Mikhailo continuó: