Mis confesiones
Mis confesiones Mikhailo y yo Ãbamos detrás; él dirigÃa sus pasos, les daba una voz de vez en cuando, pero los alumnos no le hacÃan caso; se empujaban, reñÃan, se arrojaban piñas los unos a los otros, y entablaban terribles y enconadas disputas. Cuando estaban cansados, se acercaban a nosotros, tiraban a Mikhailo de la manga y hacÃanle preguntas sobre las flores y las plantas. Él les hablaba en tono amistoso. Se destacaba por encima de ellos, como una vela blanca. Aquellos muchachos eran todos vivaces, aun cuando algunos manifestaban gravedad y melancolÃa precoces; no abandonaban a su maestro y ante él observaban silencio.
Cuando la bandada se disolvió un poco, Mikhailo me dijo en voz baja:
—¿Es que han nacido sólo para trabajar y emborracharse? Cada uno de ellos es el receptáculo de un espÃritu viviente.
»¡Ellos podrÃan apresurar el desarrollo de la idea que ha de libertarnos del yugo de las dudas! Pero seguirán la rodada negra y angosta en que sus padres pasan los dÃas. Se les mandará que trabajen y se les prohibirá que piensen. Muchos de ellos, acaso todos, acatarán la fuerza inerte y estarán a su servicio. El origen de todos los males terrenos está en que el espÃritu humano no se desenvuelve lo bastante.