Mis confesiones
Mis confesiones —¡Marchaos, ratoncitos!
ResplandecÃa el sol; una estrepitosa alegrÃa vibraba en el aire; parecióme que todo el ambiente se estremecÃa, huyendo en un torbellino abigarrado, impetuoso y jubiloso, que me arrastraba, cegándome con su luz y envolviéndome en su tibieza. Mikhailo me dio los buenos dÃas y me estrechó la mano.
—Vamos al bosque —dijo—. ¿Quiere venir con nosotros?
Todo contribuÃa a la alegrÃa general. Un diablillo mofletudo se habÃa hecho, un casquete igual al mÃo; se lo puso en la cabeza y voló como una mariposa al otro lado del patio.
Fui al bosque con aquel grupo de traviesos. Aquel dÃa quedará siempre vivo en mi mente.
Los chicuelos se desparramaron por la calle y emprendieron el camino de la montaña, ligeros como plumas. Yo caminaba al lado de su maestro, pensando que nunca habÃa visto niños tan amables.