Mis confesiones
Mis confesiones —Destruyen al pueblo, el único templo verdadero del Dios vivo, y los que eso hacen perecen también entre la confusión de los escombros. Al contemplar su nefasta hazaña, se asustan y gritan alarmados: «¿Dónde está Dios?», cuando son ellos los que lo han matado.
Recordé lo que lona me dijera acerca del despedazamiento del pueblo ruso, y mis ideas corrÃan, ágiles y gozosas, delante de las palabras de Mikhailo. Pero yo no comprendÃa por qué se expresaba sosegadamente, sin arrebatos, como si toda aquella vida de opresión fuera una cosa pasada.
La tierra nos embriagaba con un perfume tibio y amoroso de resina y flores. Los pájaros trinaban alegremente.
Vencedores del silencio del bosque, los niños seguÃan en sus juegos, y yo pensaba melancólicamente que no habÃa sabido hasta entonces comprender su fuerza y su belleza.
¡Bien se veÃa que Mikhailo se encontraba a sus anchas entre ellos, sonriendo apaciblemente!
DÃjele, sonriendo también:
—Voy a dejarle un momento; necesito meditar un poco.
Me miró con las pupilas radiantes y las cejas trémulas, y mi pecho latió a impulsos de la misma emoción.