Mis confesiones
Mis confesiones Yo sabÃa apreciar la amistad, aunque la habÃa encontrado raras veces.
—¡Es un hombre honrado! —exclamé.
Bajó los ojos, un tanto sonrosado, lo cual me impresionó más todavÃa. Permanecimos inmóviles y silenciosos unos instantes, y luego me alejé.
Mikhailo me advirtió:
—No vaya muy lejos. PodrÃa extraviarse.
—Gracias.
Me adentré por el bosque y busqué un sitio donde sentarme. Las voces infantiles iban alejándose; las risas se ahogaban entre el espeso follaje. El bosque palpitaba. Por encima de mi cabeza pasaban brincando las ardillas y cantaba una picuda. Quise reunir de una vez en mi alma todo lo que yo sabÃa y cuanto habÃa oÃdo durante los dÃas últimos, pero aquel conjunto formaba un arco iris que me envolvÃa y arrastraba en su movimiento imperceptible. Mi alma rebosaba, agrandándose hasta el infinito. Y perdà la conciencia de mà mismo, sumido en una grácil nube de revueltos pensamientos.
Volvà a casa al anochecer y expresé a Mikhailo mi deseo de vivir en compañÃa de su tÃo y de él hasta haberme penetrado de sus creencias. Me hubiese gustado que tÃo Pedro pudiera hacerme ingresar en la fábrica, pero el sobrino me interrumpió:
—No se precipite. Necesita descanso. Y, además, le conviene leer un poco.