Mis confesiones
Mis confesiones TenÃa en él absoluta confianza; acepté.
—Présteme sus libros.
—Tome los que quiera.
—Nunca he leÃdo libros profanos. Deme el que le parezca que me sea más indispensable; la historia de Rusia, por ejemplo.
—El hombre ha de saberlo todo —replicó, al tiempo que contemplaba cariñosamente los libros, como si fuesen niños.
Durante dÃas enteros permanecà abismado en su lectura. Me sentÃa nervioso y contrariado; los libros no discutÃan conmigo; me ignoraban, sencillamente. Uno, sobre todo, llegó a atormentarme; trataba del desenvolvimiento del mundo y de la vida humana y era contrario a las enseñanzas de la Biblia. Todo era sencillo, comprensible y lógico; pero yo me perdÃa en tanta simplicidad. Un ejército de fuerzas distintas se levantaba desde el fondo de mi mente, aprisionándome como un ratón en un lazo. Leà y releà aquel libro, deseoso de dar con una solución a mis perplejidades. Pero todos mis esfuerzos resultaban vanos. Consulté a mi maestro.
—¿Cómo puede ser eso? ¿Dónde queda el hombre ahà dentro?
—También a mà me parece que hay un error en esa doctrina, sólo que no sé dónde se encuentra. Sin embargo, la idea es muy hermosa, en tanto que la hipótesis de la creación del mundo…