Mis confesiones
Mis confesiones Me causaba satisfacción oírle contestar: «No sé», «No puedo decir». De eso colegía que era un hombre probo, virtud que lo hacía más estimable a mis ojos. Y puesto que se permitía confesar su ignorancia en ciertos puntos, es que estaba más ilustrado que otros. Sabía muchas cosas que yo ignoraba y, sin embargo, hablaba siempre con pasmosa sobriedad. A veces me explicaba la formación del sol, de las estrellas y de la tierra, produciéndome el efecto de que había visto con sus propios ojos cómo una mano sabia e ignota iba ejecutando el luminoso trabajo.
Yo no comprendía su noción de Dios, pero no me inquietaba; él afirmaba que la energía principal del mundo era la materia; yo substituía mentalmente este término por la palabra «Dios», y todo iba como sobre ruedas.
—Dios no ha sido creado todavía —me decía, sonriente.
El problema de la existencia de Dios era causa de continuas discusiones entre tío y sobrino. En cuanto Mikhailo pronunciaba la palabra «Dios», el tío se enfadaba:
—¡Ya empieza otra vez! No le creas, Matvei.
—Espera, tío. Para Matvei, Dios es la cuestión esencial.