Mis confesiones

Mis confesiones

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Esto me mortificó durante los primeros días. Creía que mis ideas eran mal recibidas, que nadie quería profundizarlas, como hacían gustosamente con las de Mikhailo.

A veces me escurría del grupo e iba a sentarme en un rincón, a platicar con mi propio orgullo.

Había trabado amistad con los escolares; los días de asueto hormigueaban en torno de tío Pedro y de mí, como gorriones sobre gavillas de trigo; el tío les construía toda clase de juguetes, mientras a mí me hacían preguntas sobre Moscú, Kief y todo lo que había visto. Pero a veces me preguntaban cosas tan extraordinarias que me dejaban atónito.

Un día fui al bosque acompañado de Fedia Satchkof, un muchacho quieto y formalito; como yo le hablara de Jesús, dijo, de pronto, con acento grave y reposado:

—Habría sido mejor para Jesús quedarse siempre niño, de una edad como la mía, por ejemplo. ¡Así hubiera continuado su vida, condenando a los ricos y socorriendo a los pobres; y no le hubiesen crucificado, por tratarse de un niño! Les hubiera dado lástima. ¡Pero, ya hecho hombre, le mataron, y es como si no hubiese jamás venido a la Tierra!

Fedia tenía once años, una carita pálida y transparente y unos ojos un tanto desconfiados.


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