Mis confesiones
Mis confesiones DiscutÃa en voz alta conmigo mismo.
—¡Luego se les prende por culpa mÃa!
El muchacho me interrumpió:
—No, no es por culpa tuya, sino de la Verdad… ¡Ah! Pero ¿eres tú la Verdad?
Sus decires eran muy divertidos; era un niño y, sin embargo, me sentà ofendido. Quise justificarme ante él, y comencé a desembuchar mis ideas, como un pordiosero vaciarÃa su zurrón:
—He vivido en las tinieblas del error y de la mentira.
Me interrumpió, repitiendo mis palabras como si fuera mi propia conciencia:
—SÃ; vives en el error y la mentira. Has de hacerte grande en todo.
«Esa frase la ha oÃdo a alguien; no se le ha ocurrido a él», me dije.
—No en vano Kostin te llamó «campanario»; pero tú no eres uno de esos campanarios en que se toca a misa; tú mismo eres resonante, porque estás mal construido y las campanas no están bien colgadas…
Y tras un instante de silencio, añadió:
—No me gustas, fraile; eres un extranjero…
—¿Por qué dices eso?
—No sé… ¿Eres ruso, de veras? No eres bueno…