Mis confesiones
Mis confesiones En otra circunstancia me hubiese enojado; pero entonces no dije nada. Una gran fatiga me sobrecogió de pronto.
Estábamos rodeados por el bosque y las tinieblas. Una obscuridad muy densa se habÃa filtrado entre la arboleda, impidiendo incluso distinguir los troncos de los árboles. Los rayos de luna descendÃan tenuemente; se quebraban contra aquel dique de tinieblas y se desvanecÃan. El silencio sólo era interrumpido por el crujido de las ramas y el leve rumor de la hierba que aplastábamos con los pies.
Aquel muchacho no temÃa decir la verdad, entre aquellas gentes nadie temÃa decirla. Unos se mostraban iracundos siempre; otros, por el contrario, alegres; la mayorÃa estaba compuesta de gentes modestas y apacibles, que parecÃan como avergonzadas de poseer estas virtudes.
Kostia continuaba precediéndome, y en la vereda su cabeza rubia se destacaba como una mancha clara en la sombra. Me recordaba la vida del adolescente San Bartolomé, del Hijo de Dios, y de otros. ¡Pero no era en eso en lo que debÃa pensar! Semejantes a las becadas en una marisma, mis ideas iban saltando de un lado a otro.
—¿Has leÃdo la Vida de los Santos? —se me ocurrió preguntarle.
—SÃ, cuando era chiquito, porque mi madre me lo imponÃa. ¿Por qué me lo preguntas?