Mis confesiones
Mis confesiones —¿Te gustan los santos servidores de Dios?
—No sabrÃa decirlo. Panteleincón sà me gusta; legorio también, porque luchó con la serpiente. Pero no sé lo que han ganado las gentes con que una decena, entre tantos, hayan sido santos…
Kostia iba prosperando en mi estimación.
—Y además, cuando se daba martirio a la hija de un rey o de un magnate, no por eso se hacÃan mejores. No se dice en las vidas de los santos que los reyes o los emperadores se hayan corregido.
Tras una breve pausa, prosiguió:
—No sé tampoco por qué Jesús hubo de sufrir tanto. Vino al mundo para acabar con el mal; y, ¿qué ha resultado?
Reflexionó un momento, y sentenció:
—¡No ha resultado nada!
Sentà impulsos de abrazarle.
Tuve lástima de Kostia y lástima de Jesús, de todos los que dejaba en el caserÃo fabril, de toda la Humanidad y hasta de mà mismo. ¿Cuál era mi lugar en este mundo? ¿A dónde iba?
Las tinieblas de aquella · corta noche estival se iban disipando; en la cima de los abetos brillaba una débil claridad.
—¿No estás cansado, Kostia?