Mis confesiones
Mis confesiones —¿Yo? ¡No! —exclamó el animoso muchacho—. Me gusta mucho andar por la noche; es como encontrarse en un paÃs de ensueño; y a mà me gustan muchÃsimo los cuentos.
Al amanecer nos acostamos ambos; Kostia se sumió en el sueño como si se hubiese sumergido en el agua; yo andaba errático entre mis pensamientos, cual mÃsero renegado que merodea en invierno alrededor de la iglesia; afuera hace frÃo y ruge la tempestad; pero Mahomed le ha prohibido entrar en un templo cristiano.
Por la mañana habÃa ya tomado mi resolución. Apenas despertó el muchacho, le dije:
—Perdona que te haya hecho andar tanto en balde; pero no quiero ir a la ermita, no quiero ocultarme.
—¡Bueno, ya está hecho! —contestó, mirándome gravemente.
Yvolviendo a otro lado la vista, púsose a agitar una rama.
—¡Ahora, adiós, amigo mÃo!
Movió la cabeza:
—¡Adiós!
Me fui. Al volverme, le vi todavÃa, inmóvil, entre los árboles, siguiéndome con la mirada:
—¡Eh! —gritó—. ¡Adiós!
Yme alejé dichoso, porque noté que aquella vez habÃa puesto en la frase más dulzura.