Mis confesiones

Mis confesiones

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Conocía al recién llegado; era un muchacho de unos quince años, de ojos azules, cabellos rubios y cuerpo enclenque. Hacía dos años que terminara la primera enseñanza y Mikhailo le estaba preparando para el magisterio, al mismo tiempo que le empleaba como auxiliar.

Me daba cuenta de que si pensaba en todos aquellos pormenores era con el propósito de ahogar mi vergüenza y mi temor con preocupaciones ajenas.

Al llegar junto a nosotros, Kostia exclamó con voz sofocada:

—¡Los guardias están ahí y te buscan, fraile! Toma esta nota del tío Pedro. Me ha encargado que te acompañe a la ermita de Lobanof. ¡Vamos!

—¡Adiós, hermano! ¡Saluda a los camaradas y ruégales que me perdonen! —dije a Iván al ponerme en pie.

Kostia me empujó, a la vez que me recomendaba con acento autoritario;

—¡Vamos, andando! Saludar, ¿a quién? Probablemente se llevarán a todo el mundo, como gallinas al mercado para venderlas.

Nos pusimos en camino. Kostia abría la marcha y me fue contando a media voz lo que acababa de presenciar en la fábrica. Yo le seguía pareciéndome que de todos lados me tiraban de las mangas, de los bordes de la capa, como si me dijeran: «¿A dónde vas? Hay gentes apuradas por culpa tuya, ¿y no corres en su auxilio?»


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