Mis confesiones

Mis confesiones

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Era la voz de mi conciencia la que había hablado, sin que yo mismo lo advirtiera.

En mi alma había una mentira, y las dudas vergonzosas surgían como chispazos abrasadores. La noche era fresca, y, sin embargo tenía calor.

—Voy contigo.

—No, está prohibido. Te prenderían con toda seguridad, pues eres la causa de todo este trastorno…

—¿Cómo?

—El pope de la fábrica te ha denunciado a los guardias de Vukhotwie.

Me senté en el suelo, exclamando:

—¡Entonces, tendré que huir!

Pero el terror me clavaba en tierra.

—Alguien llega —murmuró el muchacho.

Miré hacia abajo. A lo largo de la montaña se arrastraban las sombras, muy densas; el cielo estaba nublado; la luna, en su última fase, se ocultaba para reaparecer después. Todo se agitaba en torno mío, y esa agitación silente aumentaba mi pavor; llegué a sentir náuseas. Seguí con la vista los torrentes de sombras que se abatían sobre la tierra y cubrían, con un velo negro, las plantas y mi alma. Entre los arbustos surgió una cabeza, saltando como una pelota.

Iván lanzó un débil silbido, y dijo:

—¡Es Kostia!


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