Mis confesiones
Mis confesiones —Aguarda; te mandarán un recado.
—¿Qué recado?
—No sé.
A través del ramaje de los árboles, vislumbraba la fábrica, que gruñÃa como un hombre robusto al que estrangularan.
Me pareció que por las calles de aquel caserÃo industrial habÃa gentes que se perseguÃan entre las tinieblas, luchaban, rugÃan de cólera y se rompÃan los huesos. Iván inició el descenso pausadamente:
—¿Dónde vas?
—A casa.
—Pero ¿y si te detienen?
—Hace poco que estoy metido en el asunto y no creo que me conozcan. Y si me cogen, no será tampoco una desgracia. En la cárcel se instruye uno.
De pronto me pareció percibir una voz fuerte y clara que me preguntaba: «¿No tienes temor de Dios, Matvei, y te asustan los guardias?»
Me volvà a mirar a Iván; continuaba inmóvil, contemplando el valle con expresión meditabunda.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que en la cárcel podÃan leerse muchos libros…
—¿Y nada más?
—¿No es bastante?