Mis confesiones

Mis confesiones

XXIV

ME dirigí al bosque, que faldeaba la montaña. Iba dando traspiés entre los arbustos y los troncos de los árboles, como si a cada momento me cogieran por las piernas. Detrás de mí, el pequeño Iván Vikof, muchacho taciturno, trepaba todo lo aprisa que las piernas le permitían; le habían encargado que ocultara en el bosque un grueso paquete de libros.

Apresuramos el paso hasta llegar a los confines del bosque, donde Iván escondió su carga en el sitio que le habían indicado. El muchacho permanecía tranquilo, mientras que a mí la ansiedad me devoraba.

—¿No vendrán por aquí?

—¡Quién sabe! —contestó—. Tal vez sí. Hay que darse prisa.

Iván era macizo y desgarbado, como si lo hubiesen tallado a hachazos en el tronco de un árbol. Tenía la cabeza grande, un hombro más alto que otro, los brazos desmesuradamente largos y la voz monótona.

—¿Tienes miedo? —le pregunté.

—¿De qué?

—De que lleguen, y te prendan.

—¡Mientras no den con lo que he ocultado, lo demás no me importa!

Rellenó cuidadosamente el hueco en que había colocado los libros, allanó la tierra, la recubrió de maleza y luego sentóse en el suelo, pero al ver que iba a marcharme, me dijo:


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