Mis confesiones
Mis confesiones ME dirigà al bosque, que faldeaba la montaña. Iba dando traspiés entre los arbustos y los troncos de los árboles, como si a cada momento me cogieran por las piernas. Detrás de mÃ, el pequeño Iván Vikof, muchacho taciturno, trepaba todo lo aprisa que las piernas le permitÃan; le habÃan encargado que ocultara en el bosque un grueso paquete de libros.
Apresuramos el paso hasta llegar a los confines del bosque, donde Iván escondió su carga en el sitio que le habÃan indicado. El muchacho permanecÃa tranquilo, mientras que a mà la ansiedad me devoraba.
—¿No vendrán por aqu�
—¡Quién sabe! —contestó—. Tal vez sÃ. Hay que darse prisa.
Iván era macizo y desgarbado, como si lo hubiesen tallado a hachazos en el tronco de un árbol. TenÃa la cabeza grande, un hombro más alto que otro, los brazos desmesuradamente largos y la voz monótona.
—¿Tienes miedo? —le pregunté.
—¿De qué?
—De que lleguen, y te prendan.
—¡Mientras no den con lo que he ocultado, lo demás no me importa!
Rellenó cuidadosamente el hueco en que habÃa colocado los libros, allanó la tierra, la recubrió de maleza y luego sentóse en el suelo, pero al ver que iba a marcharme, me dijo: