Mis confesiones
Mis confesiones Un ciego viejo, sentado en el polvo, al borde del camino, entonaba una lánguida canción; su lazarillo, de rodillas a su lado, le acompañaba tocando el acordeón. El viejo, con los ojos vacíos levantados hacia el cielo, rimaba con voz apagada y cascada unas bonitas frases, evocadoras del pasado.
«En el reinado del zar Iván Vasileif…»
Y el acordeón sonaba quejumbrosamente:
«¡Uh… uh… uh…!»
Sentéme en el suelo junto al ciego; me alargó una mano, que conservó así, inmóvil, por un rato, sin suspender el canto.
«lermak, hijo de Timoteo, vivía…»
«Ah-ah-ah…», repetía el acordeón. Poco a poco, el nutrido grupo que escuchaba atenta y taciturnamente aquel eco del pasado, estrechó más el cerco en torno del viejo bardo.
Me envolvió una ola de calor seco; vi ojos que brillaban de curiosidad; alguien exclamó, señalándome con el dedo:
—Y ése, ¿no canta?
—¡Espera, ya cantará luego!