Mis confesiones
Mis confesiones Había oído con frecuencia melodías populares sobre vidas de bandidos, pero ignoraba su letra y el espíritu que las había inspirado. En aquel momento comprendí; los millares de voces del pueblo antiguo me hablaban a través de la canción: «¡Hombre, te perdono el gran pecado que has cometido conmigo, en pago del flaco servicio que me has prestado!»
La muchedumbre me contemplaba con curiosidad creciente, que me inflamaba el alma.
Cuando el viejo hubo terminado su canción, me levanté y dije:
—Buenas noches, ya lo habéis oído: había una vez un bandido que perseguía al pueblo y lo expoliaba; pero el remordimiento atormentó su conciencia y quiso salvar su alma poniendo su poderío al servicio del bien del pueblo. Así lo hizo. Hoy también vosotros vivís entre bandidos que os expolian despiadadamente, en lugar de auxiliaros. ¿De qué otra cosa os sirven?
Las gentes se apretujaban en torno a mí, como si quisieran abrazarme. Su atención acrecía el vigor de mi palabra, comunicándole sonoridad y belleza. Me abismé en mi discurso hasta el extremo de olvidarme de todo; notaba únicamente que tenía un sólido punto de apoyo en el suelo y en el auditorio, el cual me elevaba por encima de sus hombros, animándome de un modo tácito:
—¡Habla! ¡Dinos toda la Verdad, tal como la ves!