Mis confesiones

Mis confesiones

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Era como si un ave blanca hubiese estado, sin que yo me diera cuenta, durante mucho tiempo adormecida en la penumbra de mi alma. Acababa de rozarla involuntariamente, y ella volvía a la vida cantando el dulce despertar; sus alas gráciles se agitaban en mi interior y el calor de la canción derretía el hielo de mi incredulidad, transformándolo en lágrimas de reconocimiento. Sentí unos deseos vehementes de pronunciar no sé qué palabras, de levantarme, de ponerme en marcha cantando, de hallar un ser humano y besarlo fraternalmente.

Evoqué el radiante rostro de lona, los ojos bondadosos de Mikhailo, la severa ironía de Kostia; todas esas figuras simpáticas, a la vez familiares y nuevas, se animaron y reunieron en mi pecho, ensanchándolo hasta hacerme sufrir de dicha.

De esa misma manera, en otros tiempos, durante la misa pascual, amaba yo a Dios, a los hombres y a mí mismo. De pronto, me estremecí, pensando:

«Señor, ¿no serás Tú? ¿No eres Tú esta belleza de bellezas, este gozo y esta felicidad?»

Envolvíame la oscuridad y en ella brillaban los rostros luminosos de los creyentes. Imperaba el silencio; tan sólo mi corazón cantaba sin punto de reposo.

Acaricié la tierra con las manos; la acaricié dulcemente, como si fuese un caballo sensible a los mimos.


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