Mis confesiones

Mis confesiones

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La inmovilidad se me hizo insoportable. Me levanté y me puse a andar, bajo la noche, pensando en las palabras de Kostia y en la gravedad infantil de su mirada. Ebrio de alegría, anduve vagando hasta fines de otoño, cosechando las nuevas limosnas generosas que el mundo hacía a mi alma.

En la estación de Omsk vi a muchos campesinos de la Pequeña Rusia que emigraban a Siberia. Aquel gran conglomerado de energías laboriosas acababa de salvar una distancia inmensa. Yo iba y venía entre ellos, con el oído atento a su dulce lenguaje.

—¿No os da miedo ir tan lejos? —inquirí.

Uno de ellos, envejecido y encorvado por el trabajo, me contestó:

—Mientras sintamos la tierra bajo nuestras plantas, lo demás no nos importa. La Tierra es pequeña para el que ha de vivir de su trabajo; hay que encogerse.

Yo conocía la hermosa lengua de aquellos emigrantes y les hablé así:


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