Mis confesiones
Mis confesiones —Hace ya muchos siglos que el pueblo va y viene sobre la tierra, buscando un sitio donde poder gozar de una vida digna de él. Hace siglos que vosotros, los legítimos dueños de la tierra, andáis errantes por ella. ¿Por qué? ¿Quién ha destronado al pueblo? ¿Quién lo ha arrojado del poder y lo persigue de un país a otro, a él, que es creador de todas las obras, jardinero maravilloso a quien se deben todas las bellezas del mundo?
Los ojos de aquellos hombres se inflamaron; el alma humana, despertándose en ellos, brillaba en sus miradas. Mi vista se iba también haciendo más clara y perspicaz: adivinaba en un semblante la pregunta que iba a surgir, y la contestaba; acechaba la incredulidad y la combatía rápidamente. Las energías que yo sacaba de aquellos corazones abiertos ante mí me servían para unirlos en un solo y mismo corazón.
Cuando, al dirigir la palabra a los hombres, sé toca ese algo de verdaderamente humano y común a todos, que se halla oculto en lo más hondo del alma, aparece a sus ojos una energía irradiante que impregna al orador y lo eleva por encima de la muchedumbre. Se equivoca el orador si se cree ensalzado por su voluntad propia. Es la fuerza del ambiente la que lo levanta; es fuerte con la fuerza que los otros le han comunicado en aquel momento. Apenas la multitud se disgrega, el orador se anonada y vuelve a ser igual a su prójimo.