Mis confesiones

Mis confesiones

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Así fue como di principio a mi modesta acción de propaganda, predicando a los hombres un nuevo culto, en nombre de una vida nueva, sin conocer aún a mi nuevo Dios.

En Zlatocist, un día de fiesta, peroré en la plaza mayor; intervino otra vez la policía, y el pueblo, también en esa ocasión, favoreció mi huida.

Allí trabé relaciones con gentes maravillosas; un estudiante en Teología, llamado lacha Vladykin, llegó a ser mi mejor amigo, y seguirá siéndolo toda mi vida. No creía en Dios, pero amaba con pasión la música religiosa; tocaba salmos con un acordeón y lloraba, mi querido extravagante.

A veces yo interrumpía sus cantos, riendo:

—¡Hereje! ¡Ateo! ¿Por qué lloras de ese modo?

Y él me contestaba a gritos, agitando sus manos trémulas:

—¡Lloro de alegría pensando en las grandes bellezas que serán creadas! Pues si en esta vida turbulenta y sucia la fuerza estéril de las unidades ha logrado crear tales bellezas, ¿qué sucederá el día en que el inundo entero, espiritualmente liberado, exprese el ardor de su alma con músicas y salmos?


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