Mis confesiones

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Nuestro propietario, Constantino Nicolaievitch Lossef, era rico y dueño de dilatadas tierras. Era raro que viniese a la finca donde estábamos nosotros, porque en su familia era considerada como funesta: en ella había muerto estrangulada la madre de Constantino Nicolaievitch, su abuelo cayóse del caballo y su esposa se había fugado de allí. Sólo le había visto en dos ocasiones; era un hombre fornido, de elevada estatura, llevaba lentes de oro y solía usar camisa floja y gorra bordada de encarnado. Se le tenía por uno de los primeros servidores del Zar y se contaba que era muy sabio, porque escribía libros. A pesar de ello, injurió más de una vez a Titof, amenazándole con el puño.

Titof reinaba como dueño absoluto en Sokol. La finca no era grande. No se cultivaba más que el trigo que consumía la familia del intendente; el terreno restante se arrendaba a los aldeanos. Más tarde se decidió no prorrogar los arrendamientos con el objeto de cultivar lino, aprovechando la coyuntura de haberse montado una fábrica de hilados en aquellas inmediaciones.





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