Mis confesiones

Mis confesiones

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Mi compañero de oficina se llamaba Iván Makaritch Jun; era un hombre pequeño, poco comunicativo y casi siempre un tanto bebido. Había sido telegrafista y lo separaron del Cuerpo a causa de ese vicio. Llevaba la contabilidad y la correspondencia, redactaba los contratos con los colonos y observaba el más escrupuloso silencio. Cuando se le dirigía la palabra, se limitaba a mover la cabeza burlonamente; pocas veces contestaba:

—¡Bueno!

Así era el hombre.

Era flaco y en su rostro redondo y abotargado, apenas se distinguían sus ojillos; era completamente calvo. Caminaba sin hacer ruido, sobre las puntas de los pies, con paso inseguro como los ciegos.

El día de la festividad de Nuestra Señora de Kazán, los campesinos le emborracharon de tal forma, que falleció a los pocos días. Quedóme, pues, solo, y todo el trabajo recayó en mí. Titof me asignó sueldo: cuarenta rublos al año, y destinó a Olga para que me ayudara.

Había ya observado antes que los colonos daban vueltas en torno al despacho, como hace el lobo con la trampa: se da cuenta del peligro, pero está hambriento, experimenta la sugestión del cebo y… queda preso en él.


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