Mis confesiones

Mis confesiones

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Desde el momento en que quedé solo, se pusieron a mi disposición todos los libros y planos. Aun cuando mi experiencia no era mucha, adquirí pronto el convencimiento de que la finca estaba siendo saqueada; acosados los labriegos por todas partes, estaban cubiertos de deudas y eso hacía que trabajasen para Titof en vez de hacerlo en provecho propio. No diré que eso me causara asombro o vergüenza. Comprendí el por qué de la conducta de Savelko, aunque no la justificaba, porque, después de todo, no me cabía la menor responsabilidad.

Di también en la cuenta de que Titof saqueaba al propietario y se llenaba los bolsillos cuanto le era dable. En adelante empecé a tratarle como un igual, comprendiendo que me necesitaba; por qué razón, lo ignoraba. Pero yo discurría: «Tiene necesidad de mí para disimular sus robos a los ojos de Dios».

Durante aquél tiempo, rae llamó su «querido hijo»; su mujer hacía lo propio. Me vestían bien y yo les estaba agradecido, como es natural; sin embargo, ese súbito cariño no me alegraba el corazón y nada podía aproximarme a ellos. Cada día me sentía más unido a Olga; me agradaba la dulzura de su sonrisa y su afición a las flores.


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