Mis confesiones

Mis confesiones

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Titof y su esposa vivían con la cabeza invariablemente baja, como caballos uncidos. Daban la impresión de que, bajo su timidez sumisa, ocultaban un pecado más grave que el robo. Las manos de Titof me angustiaban; procuraba siempre disimularlas y eso me sugería malos pensamientos: acaso habían estrangulado a alguien. ¡Quién sabe si se habían teñido en sangre!

Y constantemente el marido y la mujer me repetían:

—¡Matvei, ruega por nosotros, pobres pecadores!

Hubo un momento en que no pude por menos que replicarles:

—Pero ¿es que sois más culpables que los otros?

Nastasia salió suspirando y Titof volvió la cabeza sin proferir palabra.

En casa estaba siempre taciturno y si alguna vez desplegaba los labios era para hablar de negocios. Jamás disputaba con los colonos, pero tratábales con una arrogancia mucho peor que todas las malas palabras. No transigía nunca y se aferraba a sus resoluciones con tanta fuerza como si estuviese clavado en tierra hasta la cintura.

—Convendría ceder un poco con esa pobre gente —le dije un día.

A lo que respondió:


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