Mis confesiones
Mis confesiones —No cedas jamás, ni una pulgada siquiera, o estás perdido.
En otra ocasión quiso que anotara una suma falsa, y le dije:
—No; eso es imposible.
—¿Por qué?
—Es pecado.
—Soy yo quien te hace pecar y no tú quien me obliga a ello. Consigna lo que te mando; no te pedirán cuentas; ¡tú no eres más que una mano mÃa! ¡No tengas cuidado, que tu honor no se menoscabará por eso! Y sabe que ni yo ni nadie puede vivir con un sueldo de diez rublos mensuales.
—Pues bien, basta ya —exclamé—. Hay que acabar con todo eso. Si seguÃs robando a los colonos, iré a contar esas cosas a la aldea.
Levantó sus grandes bigotes hasta la nariz y los hombros hasta las orejas; mostró los dientes y abrió desmesuradamente sus ojos redondos. Nos medimos con la mirada.
Luego me preguntó en voz baja:
—¿Va de veras?
—¡SÃ!
Se echó a reÃr con un ruido igual al de un puñado de monedas de cobre arrojadas al suelo.