Mis confesiones
Mis confesiones —¡Está bien, santito! Lo que yo haga es lo mejor que puedo hacer; ya estoy harto de recoger los rublos copeck a copeck. Se trabaja honradamente cuando no puede hacerse otra cosa.
Salió dando un portazo tan violento, que todos los cristales retumbaron.
Me parece que después de esa escena Titof cesó en sus malversaciones, aunque no estoy muy seguro. Lo cierto es que no solicitó más mi concurso.
Era muy precavido, sin que por eso se privase de nada; conocÃa el valor del dinero. Gustaba de la buena mesa y aún más de las mujeres. Como era hombre prestigioso, las aldeanas no se atrevÃan a negarle sus favores y él se aprovechaba de eso.
No buscaba a las doncellas, por miedo probablemente. Pero en cuanto a las casadas, todas habÃan cedido, aunque no fuera más que una vez.
En más de una ocasión me aconsejó que le imitara.
—¿Por qué tantos reparos, Matvei? Hacerse con una mujer es un acto de caridad. Todas, en el pueblo, desean que se las corteje. Los maridos son débiles y están fatigados; ¡no sirven para nada! Tú, en cambio, eres guapo y robusto. ¿Qué te costarÃa agenciarte una? Créeme, te gustarÃa…
Ese hombre infame sabÃa presentar las ruindades en su mejor aspecto.