Mis confesiones
Mis confesiones —¡Yo mismo no me lo explico! —contestaba a tiempo que salía—. ¡Pero tengo para mí que vosotros, los justos, servís a Dios de medida para juzgar a los otros pecadores! ¡Si no fuera por vosotros, Dios se vería muy apurado al evaluar los pecados!
Desde ese momento, me rehuyó durante muchos días. En mi alma se desencadenaba un odio irremisible contra aquel hombre. Se me hacía más insoportable que Savelkó.
Cuando por la noche en mis oraciones me asomaba su nombre a los labios, la cólera estallaba en mi pecho. De ese instante data mi primera oración de hombre:
—¡Señor, yo no quiero que tu piedad sea para un ladrón! Ruégete que le castigues. ¡Que no despoje impunemente a los míseros!
Y fue tal el ardor que puse en mis palabras, que me asustaba pensando en la terrible suerte que le estaba reservada.
Pocos días después tuve un altercado con Savelko. Acudió al despacho en demanda de tila; yo estaba solo. Le dije:
—Oye, Savelko, ¿por qué te burlas de mí?
Enseñó los dientes y me lanzó una mirada penetrante.
—No he venido aquí para negocios. ¡No quiero más que tila!