Mis confesiones

Mis confesiones

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Me temblaban las piernas; apreté involuntariamente los puños; le eché las manos a la garganta, sacudiéndolo con fuerza.

—¿De qué me acusas?

No hizo ademán alguno de cólera o de asombro. Se limitó a separarme la mano con que le oprimía el cuello, como si fuera más robusto que yo, aunque era todo lo contrario.

—Resulta difícil hablar cuando nos están agarrotando. No me toques; he probado ya toda clase de golpes; así que los tuyos son inútiles. Además, te aconsejo que no me pegues si has de ser fiel a los Evangelios.

Bromeaba tranquilamente y sin disimulo.

—Vamos a ver, ¿qué quieres? —le grité.

—Tila.

Comprendí que no le arrancaría ninguna palabra. Mi cólera se había desvanecido enteramente, de modo que al mirarle sólo experimentaba la sensación de haber sido ultrajado.

—¡Sois todos unos bestias! —le dije—. ¿Cómo podéis mofaros de un hombre porque sus padres le abandonaron?

Me fustigó de nuevo con sus sarcasmos.

—¡No seas hipócrita! Conocemos la verdad. El pan que comes es robado, pero tú no eres ciego.

—¡Embustero! Me gano el pan con mi trabajo.


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