Mis confesiones
Mis confesiones —Eso es verdad; no se roba sin trabajo, ni siquiera una gallina.
Y contemplándome con infernal ironÃa, prosiguió en tono de conmiseración:
—¡Ah, Matvei! ¡Qué bueno eras cuando niño! Pero luego te convertiste en un sabio y un santurrón, y, al igual que todos los ladrones de nuestro paÃs, te has compuesto una religión fundada en la triste verdad de que no todos tenemos la misma capacidad para el robo.
Le saqué del despacho a empellones. No quise interpretar sus alusiones, pues me consideraba fiel siervo del Señor, y mis ideas me parecÃan más justas que las de los otros. Sentà que me penetraba un sentimiento de soledad y de angustia y que mi espÃritu se abatÃa.
Frisaba en los dieciocho años y era un buen mozo, de pelo rojizo y ensortijado y cutis blanco. Hubiera deseado aproximarme a Olga, pero me faltaban ánimos. Era todavÃa ingenuo. En la aldea, las mujeres se burlaban de mi excesiva cordura. Hasta la misma Olga me sonreÃa irónicamente algunas veces. Sin «embargo, no pocas, pensaba yo con arrobo:
»¡Cuán feliz serÃa si pudiera hacerla mi esposa!»
Nos pasábamos dÃas enteros en el despacho sin dirigirnos la palabra. De vez en cuando, ella me pedÃa una indicación; se la daba, y eso era todo.