Mis confesiones
Mis confesiones Olga, a esa edad, era blanca como un tierno abedul; tenÃa los ojos azules y el aire meditabundo. Pero lo que la hacÃa más hermosa e interesante era su dulce tristeza, cuya causa desconocÃa.
Un dÃa me interrogó:
—¿Por qué te has vuelto tan tristón, Matvei?
Nunca habÃa comunicado a nadie mis tormentos ni sentà jamás deseos de hacerlo. Pero en esa ocasión mi pecho se ensanchó súbitamente y lo fui confesando todo, poco a poco. Relaté a Olga mi vergonzoso origen, los ultrajes que eran mi pan cotidiano, mi soledad, la miseria cada vez más honda de mi alma, y la aversión que sentÃa por su padre, se lo dije todo. No me lamentaba; no hacÃa más que expresar mis más Ãntimos sentimientos. Y eran muchos los que en mà habÃan nacido, pero ninguno valÃa nada, y era grande mi pena, pensando que nada valÃan.
—¡Más me valdrÃa meterme en un convento! —dije.
Su rostro se nubló y quedó cabizbaja; yo callé. Su dolor me era grato, pero su silencio me causaba pena. Tres dÃas después me dijo: