Mis confesiones

Mis confesiones

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Los reclusos comenzaron sus tradicionales expansiones; vinieron en busca mía, me negué a seguirles y rompieron los cristales de mis ventanas.

Llegó el día del sorteo; mi esposa estaba próxima a dar a luz y no salía a la calle. Fui en compañía de mi suegro, quien durante todo el camino no hizo sino hablarme de los apuros que había pasado, de las sumas de dinero invertidas en mi familia, y del modo cómo lo había arreglado ya todo.

—¡Quién sabe; acaso todos vuestros esfuerzos hayan sido inútiles! —le dije.

Y, en efecto, saqué un número alto. Titof se convencía a duras penas de mi suerte; luego, con hosca sonrisa, declaró:

—¡Veo que realmente Dios te asiste!

No le contesté; una alegría indecible embargaba mi espíritu. Me había ya librado de lo que más profundamente me angustiaba y sobre todo de mi suegro. De regreso a casa me sentí arrobado por la alegría de Olga, que reía y lloraba a un tiempo; me acariciaba y felicitaba, como si hubiera matado un oso.

—¡Gracias sean dadas a Dios! —exclamaba—. ¡Ya puedo morir tranquila!


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