Mis confesiones
Mis confesiones Yo me burlaba de sus aprensiones, que no dejaban de alarmarme, sin embargo. Comprendà que estaba persuadida de que iba a morir pronto, y me apenaba pensar que esa manÃa es funesta, porque destruye nuestra energÃa vital.
Tres dÃas después, Olga experimentó los primeros dolores. Por espacio de cuarenta y ocho horas estuvo sufriendo horriblemente. El tercer dÃa exhaló el último suspiro, dando a luz un niño muerto.
No puedo recordar su entierro; estuve ciego y sordo durante varios dÃas.
Titof me sacó de mi sopor; estaba echado junto al sepulcro de Olga. Me parece todavÃa presenciar la escena: Titof estaba en pie delante de mÃ, y me dijo:
—Ésta es la segunda vez que nos encontramos entre los muertos, Matvei. Aquà nació nuestra amistad, ¡reanudémosla aquà mismo!
Miré a mi alrededor, abobado. Empezaba a lloviznar; los árboles, sin hojas, se agitaban entre la bruma; las cruces funerarias se iban difuminando en la penumbra. Todo aparecÃa devastado, transido de frÃo y de una humedad penetrante… Se respiraba con dificultad, como si la lluvia y la niebla hubiesen consumido todo el aire.
—¿Qué quieres? ¡Vete! —grité a Titof.