Mis confesiones
Mis confesiones —Quiero que comprendas mi dolor. ¡Quién sabe si ha sido por culpa mÃa, porque no he dejado que vivieras a tu modo, por lo que el Señor me ha castigado, arrebatándome a mi hija!
Bajo nuestros pies, el barro se convertÃa en una masa viscosa que se pegaba a las suelas.
Me arrojé sobre Titof, lo asà fuertemente y lo precipité al suelo, como si fuera un saco de salvado, vociferando:
—¡Maldito seas, impÃo!
Comenzó de nuevo para mà un perÃodo de insensata locura. No me atrevÃa a levantar la cabeza, bajo la impresión de que yacÃa en tierra, arrojado por una mano iracunda. Me dolÃa el alma sublevada contra Dios; si mis ojos tropezaban con una imagen santa, la volvÃa inmediatamente. Ansiaba discutir, pero no arrepentirme. Harto sabÃa que, según los Cánones, me era necesaria una dura penitencia; tenÃa que haber rezado:
«Señor, Tu mano es severa, pero justa. Tu cólera es grande, pero bienhechora».
Pero mi conciencia me prohibÃa pronunciar esas palabras, y en mi perplejidad no acertaba a encontrarme a mà mismo entre la algarabÃa de mis ideas.
«¿Me has asestado este golpe porque, en secreto, he dudado de tu existencia?»
Este pensamiento me aterrorizaba, y probé de exculparme: