El Viento en los sauces
El Viento en los sauces —¡Nos ganan terreno rápidamente! —gritó el maquinista—. ¡Y la locomotora va llena de gente rarÃsima! Unos tipos que parecen antiguos centinelas, agitando alabardas; policÃas con casco, agitando sus porras; y unos hombres mal vestidos, con bombines, que incluso a esta distancia tienen una pinta inconfundible de detectives de paisano, agitando revólveres y bastones; todos agitando cosas y todos gritando lo mismo: «¡Alto, alto, alto!».
Entonces el Sapo se hincó de rodillas entre el carbón y alzando sus patas unidas en gesto de súplica exclamó:
—¡Sálveme, por favor sálveme, querido y bondadoso señor maquinista, y lo confesaré todo! ¡Yo no soy la sencilla lavandera que aparento! ¡No me espera en casa ningún niño, ni criatura alguna que valga! Soy un sapo… el conocido y popular Sr. Sapo, hacendado rural. Acabo de fugarme, gracias a mi gran audacia e inteligencia, de la odiosa mazmorra en la que me arrojaron mis enemigos, ¡y si esos tipos de la locomotora me atrapan volverán a cargar de cadenas y a poner a pan y agua a este pobre, desdichado e inocente Sapo!
El maquinista se le quedó mirando severamente, y dijo:
—Ahora dime la verdad: ¿por qué te metieron en la cárcel?