El Viento en los sauces
El Viento en los sauces —¡Se dirÃa que sÃ, señora! —respondió educadamente el Sapo, caminando a su lado por el sendero—. Se dirÃa que es una bonita mañana para los que no están en graves apuros, como yo. Resulta que mi hija casada me manda llamar a toda prisa, y allá que voy yo, sin saber lo que pasa ni lo que va a pasar, pero temiéndome lo peor, como entenderá, señora, si usted también tiene hijos. Y he tenido que dejar de cualquier modo mi negocio, que es de lavado y planchado, ¿sabe usted, señora?, y además he dejado solos a mis niños, que son un hatajo de crÃos traviesos y revoltosos, ¿sabe usted, señora?, y he perdido todo mi dinero, y me he perdido en el camino, ¡y no quiero ni pensar en lo que le puede estar pasando a mi hija casada, señora!
—¿Y dónde vive su hija casada, señora? —preguntó la gabarrera.
—Vive cerca del rÃo, señora —contestó el Sapo—. Junto a una hermosa casa que llaman la Mansión del Sapo, que no debe de estar muy lejos de aquÃ. Quizá haya oÃdo usted hablar de ella.
—¿La Mansión del Sapo? Pues claro, si voy en esa dirección —dijo la gabarrera—. Este canal desemboca en el rÃo unas millas más adelante, un poco más arriba de la Mansión del Sapo, y desde allà sólo queda un paseo. Ande, suba a bordo, que la llevo.