El Viento en los sauces

El Viento en los sauces

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Acercó la gabarra a la orilla y el Sapo, agradeciéndoselo humilde y efusivamente, saltó a bordo con pie ligero y se sentó con gran satisfacción. «¡De nuevo la suerte del Sapo!», pensó. «¡Siempre me salgo con la mía!».

—De modo que se dedica usted al lavado de ropa, ¿no, señora? —dijo educadamente la gabarrera, mientras seguían deslizándose por el canal—. Debe de ser un buen negocio, si me permite la libertad de decirlo.

—El mejor negocio de la región —dijo con ligereza el Sapo—. Toda la gente bien acude a mí, y no irían a otra parte aunque les pagaran, porque me conocen bien. Verá usted, yo me sé mi trabajo al dedillo, y me ocupo de todo. Lavado, planchado, almidonado, apresto de las delicadas camisas de etiqueta de los caballeros… ¡todo se hace bajo mi vigilancia!

—Pero seguramente no hará usted misma todo ese trabajo, ¿verdad, señora? —preguntó respetuosamente la gabarrera.

—Oh, no, tengo chicas —dijo el Sapo sin darle importancia—, unas veinte chicas, trabajando de sol a sol. ¡Pero ya sabe cómo son las chicas, señora! ¡Todas unas frescas de la peor especie!

—Y usted que lo diga —dijo calurosamente la gabarrera—. ¡Pero seguro que tiene metidas en cintura a esas holgazanas! Y dígame, ¿le gusta mucho lavar?


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