El Viento en los sauces

El Viento en los sauces

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Pasó una larga media hora, y a cada minuto el Sapo se ponía de peor humor. Nada de lo que hacía parecía ser del gusto de la ropa ni tener en ella ningún efecto. Intentó engatusarla, abofetearla y darle puñetazos, pero la ropa seguía sonriéndole desde el barreño sin convertirse, feliz con su pecado original. Una o dos veces miró nerviosamente por encima del hombro a la gabarrera, pero la mujer parecía tener la vista fija al frente, absorta en el gobierno de su barcaza. Le dolía mucho la espalda, y advirtió con espanto que se le empezaba a arrugar la piel de las manos. Y resulta que el Sapo estaba muy orgulloso de sus manos. Murmuró entre dientes palabrotas que nunca deberían brotar de los labios de ningún sapo o lavandera, y por enésima vez se le escurrió el jabón.

De pronto una carcajada le hizo enderezarse y mirar a su espalda. La gabarrera, inclinada hacia atrás, rompió a reír estrepitosamente hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas.

—Llevo mirándote todo el rato —dijo al fin—. Ya me imaginaba yo que eras una farsante, por esa forma tan presuntuosa de hablar. ¡Menuda lavandera estás hecha! ¡Apuesto a que no has lavado un solo trapo en toda tu vida!

El Sapo, que llevaba un buen rato calentándose, estalló por fin y perdió completamente los estribos.


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