El Viento en los sauces
El Viento en los sauces Cuando se zambulló por fin con un fuerte chapoteo, el agua resultó demasiado fría para su gusto, pero no lo bastante para atemperar su orgullo ni su furiosa exaltación. Salió a la superficie escupiendo, y una vez se hubo quitado las lentejas de agua de los ojos lo primero que vio fue a la gorda gabarrera mirándole y riéndose desde la popa de la gabarra que se alejaba; y mientras tosía y se atragantaba juró vengarse de ella.
Echó a nadar hacia la orilla, pero el vestido de algodón le estorbaba sobremanera, y cuando al fin tocó tierra le costó mucho subir por el empinado talud. Tuvo que descansar un par de minutos para recuperar el aliento, y luego, recogiéndose la falda mojada, echó a correr tras la gabarra tan rápidamente como se lo permitían sus patas, rabioso de indignación, sediento de venganza.
La mujerona seguía riendo cuando llegó a su altura.
—¡Métete en tu escurridero, lavandera! —gritó—. ¡Y luego plánchate y almidónate la cara, y así podrás pasar por un Sapo medianamente decente!