El Viento en los sauces
El Viento en los sauces Llevaba varias millas cabalgando, y empezaba a amodorrarse al calor del sol, cuando el caballo se detuvo, agachó la cabeza y se puso a mordisquear la hierba; y el Sapo, despertando con sobresalto, estuvo a punto de caerse al suelo. Al mirar a su alrededor vio que estaba en un extenso prado comunal, salpicado por todas partes de zarzas y matas de aulaga. Cerca había un destartalado carromato de gitanos, y a su lado un hombre sentado en un cubo boca abajo, muy ocupado fumando y contemplando el ancho mundo. Junto a él había una fogata, con una olla de hierro encima de la que brotaban burbujeos y gorgoteos, así como un leve vaporcillo sugestivo. Y también olores, olores cálidos, sabrosos y variados, que se hermanaban, enroscaban y entrelazaban finalmente en un olor completo, voluptuoso y perfecto, un olor que parecía la propia alma de la Naturaleza encarnada y revelada a sus criaturas, una verdadera Diosa, madre de solaz y consuelo. Entonces el Sapo se dio cuenta de que hasta entonces no había tenido verdaderamente hambre. Lo que había sentido antes durante aquel día había sido un gusanillo insignificante. Esto era hambre de verdad, sin lugar a dudas, y había que ocuparse de ella inmediatamente, o podría ocurrir alguna desgracia. Examinó atentamente al gitano, preguntándose vagamente si sería más fácil pelear con él que engatusarle. Y a la postre siguió allí parado, husmeando el aire y mirando al gitano, mientras el gitano seguía allí sentado, fumando y mirándole.