El Viento en los sauces
El Viento en los sauces El ansioso y laborioso Ratón reanudó en seguida sus preparativos y se puso a corretear entre sus cuatro montoncitos, murmurando: «¡Un-cinturón-para-el-Ratón, un-cinturón-para-el-Topo, un-cinturón-para-el-Sapo, un-cinturón-para-el-Tejón!», y así sucesivamente a medida que sacaba una nueva pieza de equipo, y parecía que tenía para dar y tomar. De modo que el Topo cogió al Sapo del brazo, le llevó fuera de la casa, le hizo sentarse en un sillón de mimbre y le pidió que le contara todas sus aventuras de cabo a rabo, lo que el Sapo hizo encantado. El Topo sabía escuchar, y el Sapo, sin nadie que pusiera en duda sus afirmaciones o le criticara con ánimo hostil, se dejó llevar por su imaginación. La verdad es que mucho de lo que contó pertenecía más bien a esa categoría de lo-que-habría-pasado-si-se-me-hubiera-ocurrido-a-tiempo-en-vez-de-diez-minutos-después. Esas son siempre las mejores aventuras, las más animadas, ¿y por qué no van a ser también nuestras, en la misma medida que las cosas un tanto inadecuadas que en realidad nos pasan?