Arizona
Arizona El viejo cazador mostraba la misma ansiedad que animaba a sus burros. Anduvo rápidamente el resto zigzagueante del camino, cruzó el prado arenoso y sombreado por los robles y se detuvo al borde del río. El agua estaba baja y en la rápida corriente flotaban hojas de sicómoro. Cappy subió más arriba del remanso donde bebían sus burros dejó a un lado el sombrero, se tendió boca abajo sobre una roca plana y bebió hasta hartarse.
—¡Aahh! —exclamó al levantarse, enjugándose las barbas. ¡El Tonto! ¡Agua de nieve filtrada por rocas de granito! Sólo un hombre del desierto o un cazador ausente mucho tiempo de las montañas rocosas era capaz de apreciar debidamente aquella agua pura, fría y clara.
Más allá del remanso, el sendero seguía por la orilla hasta el prado y luego volvía hacia los tres abetos y la casa de leños verdeantes por el musgo. Los perros anunciaron la llegada de Tanner y no por cierto amistosamente, mas al reconocer al cazador se aquietaron y el rojo y corpulento padre se avino a mover un poco la cola. Luego, unos gritos juveniles siguieron atestiguando la llegada de Tanner. Dos muchachas se acercaron corriendo, las brillantes cabelleras flotando sobre sus cabezas.
—¡Tío Cappy! —gritaron al unísono, y se lanzaron sobre él, sin aliento, trastornadas por la alegría del alma solitaria al advenimiento de un amigo amado.