Arizona
Arizona —Perdone —dijo apresuradamente—. Me estoy metiendo en asuntos personales, pero Rankin era un cuatrero que una vez me robó el ganado que poseÃa. Quienquiera que le matase me hizo un buen servicio.
Y giró como sobre un eje, subió al coche y ordenó al cochero que siguiese adelante dejando una variedad de expresiones en las caras de los vaqueros.
MacKinney fijó sus penetrantes ojos grises en Ames, como si el reciente cambio de palabras hubiera despertado en él pensamientos.
—¿He oÃdo excusarse a Crow Grieve? —exclamó Slim Azul.
—Blab —gritó un compinche desde el porche—. Creo que todos te tenÃamos por el embustero mayor de la comarca, pera…
—¡Eh, forastero! ¿Está usted preparado? —interrumpió el cocinero desde la puerta.
—Si —gritó Ames.
—¡Poned un pie detrás de otro! ¡Listos! ¡Una! ¡Dos! ¡Tres! ¡A comer, antes de que la tire!
Arizona Ames entró disparado en la casa, a la cabeza de los vaqueros, y los gritos, los golpes de las botas, las risas y el sonar de las espuelas cesaron de repente.