Arizona

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—Sí, así parece…, pero no importa; pronto lo recordaré. Pues a las dos os lo digo, Manzanita y Mescal: ¡cuidadito con abrir ese paquete!

—¡Pero, tío, si vas a tardar tanto! —gritaron las dos a coro.

—No; menos de una hora. Prometedme que esperaréis. No quisiera perderme el ver vuestras caras cuando lo abra yo, ni por toda la caza de un invierno.

—Lo prometeremos si vuelves pronto.

La señora Ames confesó que también ella tendría que combatir la tentación, y le recomendó que se apresurase.

—No tardaré —afirmó Tanner, y arreando a los cansados burros fuera de la sombra, los condujo hacia el sendero.

A un extremo del claro, la explanada se estrechaba hasta convertirse en una faja de terreno, y el sendero se internaba por entre pinos gigantescos, abetos y abedules, y se metía después por una abertura de la rocosa muralla, de la cual salía un arroyuelo que corría en cascadas y profundos remansos. Aquélla era la entrada a un cañón de altas murallas, en la cual el sol entraba sólo parte del día. Por el otro lado desembocaba en un valle en miniatura, aislado y solitario, poblado de siemprevivas y sombreado por elevados riscos.

Cappy llegó a su pequeña cabaña con una sensación de profunda gratitud.


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