Arizona
Arizona —¡Cuánto me alegro de estar en casa! —dijo, como si la pequeña y pintoresca morada tuviera oídos. Había levantado aquella casa tres años antes, ayudado de cuando en cuando por Rich Ames. Antes vivía en un extremo del Cañón Dudoso, donde éste bostezaba, como decía Cappy, bajo la gran muralla de la meseta.
Descargó los fardos y les puso esquilas a los burros; luego, acarició a éstos alegremente, diciendo:
—¡Afuera, a pastar! Tenéis una buena temporada de descanso y, si no os volvéis locos, no saldréis del cañón.
La puerta de la cabaña estaba entreabierta. Cappy la abrió del todo. Un olor de oso llegó a sus narices. ¿Se había dejado 61 allí una piel de oso, o la habría dejado Rich en su ausencia? No. Las paredes y el suelo de la cabaña estaban descubiertos. Pero sus ojos, acostumbrados, percibieron una depresión redonda en la gruesa capa de agujas de pino que cubría su lecho de ramaje. Un oso de buen tamaño lo había utilizado para dormir. En el polvo del suelo se veía distintamente las huellas de sus pisadas; a una de las patas traseras le faltaba un dedo. Cappy reconoció aquellas señales. El oso que las había hecho cayó un día en uno de los cepos del cazador; pero lo rompió y escapó dejando en él parte de su pata.