Arizona

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Lany salió, con un esfuerzo, de su asombro y de su horror.

—¡Nunca me habías contado eso, Amy! —rugió.

—Ahora te lo digo —respondió en son de reto.

—¿Has temido que le matase? —jadeó Lany.

—Sí, pero ahora espero que lo hagas. —Luego, de súbito, cayó en sus brazos. Ames tuvo que soportar, allí sentado, su llanto, sus tiernos reproches, su olvido y demás evidencias de su dolor.

—No se preocupen por mí —dijo por fin—. Pero el tiempo vuela.

Lany, teniendo aún a la muchacha en brazos, se volvió con una cara que estremeció y asustó a Ames.

—Arizona, por ella, dime qué hago.

—Nada, por ahora —replicó Ames sencillamente—. Desde luego, no acercarte a Amy hasta que tracemos el plan que hemos de seguir.

—No puedo estar lejos de ella. Y cuando lo intento, ella me envía a buscar —dijo Lany con desesperación—. Esta mañana, por ejemplo, Mac me encargó un trabajo, y Amy me ha enviado una nota con el hijo del ama de llaves, dándome una cita aquí.

Ames levantó las manos.

—Señora Grieve, se arriesga usted…

—¡No me llame señora! —exclamó con violencia la muchacha.

—Muy bien, Amy. Pues no debía usted hacer eso.


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