Arizona
Arizona —Eso me parece lo más asombroso, Arizona, pero no lo creo. —Le cogió de las solapas del chaleco y le miró con dulzura, medio en broma medio en serio, con gratitud por su simpatÃa y su auxilio, y también con el instinto sutil de una mujer que defiende su sexo—. Voy a darle a usted un beso, Arizona.
—No, Amy, por favor —se apresuró a decir él con tremendo embarazo y tratando gentilmente de escapar.
—Cierre los ojos, cobarde —ordenó ella.
—¡Señor! Pues si va usted a besarme, tengo que verlo —estalló él.
—Arizona, esto es en serio. Voy a fingir que soy la novia que ganará usted algún dÃa. ¡Ya llegará! Lany y yo esperamos que sentirá usted lo que nosotros sentimos ahora.
Con las mejillas encendidas se empinó sobre la punta de los pies; tuvo que saltar para llegarle a los labios, que le besó de lleno y con calor.
—¡Ya está! —exclamó, retrocediendo, un poco asustada, pera sin perder del todo su audacia.
—¡Ya lo ha hecho usted!, —y saltando por encima del tronco, se escapó por el bosque hacia su caballo. Montó y se alejó del sendero para evitar encontrarse con sus amigos otra vez, internándose en el bosque y dirigiéndose hacia el rancho.