Arizona
Arizona —¡Arizona, vigile, por Dios! —concluyó con un elocuente y entrecortado cuchicheo. Luego, como una sombra, se alejó y desapareció en la oscuridad.
Ames miró la carta como para convencerse de la realidad.
—¡Es toda una heroína! —murmuró—. ¡Arriesgarse así con ese demonio para avisarme y traerle una carta de amor a Lany!
Ames dejó la carta sobre la almohada de Lany y, abriendo la puerta, salió a pasearse lentamente por el sendero. Luego, volvió a entrar y sacó su maleta y su montura, que dejó al lado de la cabaña, y tomó tranquilamente la dirección de los pastos donde guardaba su caballo.
La hora gris y sombría de antes del amanecer halló a Ames deslizándose bajo los pinos, hacia la casa del ranchero. Con las primeras luces del alba estaba a la sombra de los árboles, frente al portón del corral. La luz aumentaba, imperceptible. Un tenue color de rosa apareció por el Este; más allá, la sierra indefinida y silenciosa.
Se oyó una puerta cerrarse. Ames se inclinó como un venado que escucha y observa. Luego, se enderezó despacio y se quedó rígido, como dispuesto a saltar.