Arizona
Arizona La forma corpulenta de Grieve apareció en el portón. Debajo del brazo llevaba un rifle. Se movía con precaución y sin ruido, como un cazador. Registró con los ojos el camino hacia arriba y hacia abajo. Esperó un momento. Luego, rápidamente se dirigió hacia los pinos.
Ames salió con el arma en la mano.
—Buenos días, Grieve —dijo.
Grieve sufrió una terrible sacudida. Se quedó un momento helado. Luego, al fijar en Ames la loca llamarada de sus ojos, lanzó una maldición llena de odio y de terror. Levantó el rifle. El disparo de Ames interrumpió el movimiento. Tronó el rifle al saltar, disparado al aire, y la gruesa bala fue a perderse entre las ramas.
Grieve dio algunos pasos cortos y vacilantes, y cayó como un toro herido por la maza. Dio pesadamente en el suelo, y era tal su tremenda energía muscular que se extendió como un muelle que se suelta. Su sombrero negro rodó por el suelo. Se volvió, expulsando con fuerza el aliento.
Ames se inclinó sobre la cara descompuesta. Con la ultima chispa de conciencia, los ojos de Grieve se fijaron en su enemigo; su furia espantosa desapareció; se quedaron fijos y sin expresión.